PRACTICAR LA MISERICORDIA EN EL CUIDADO DE LA CASA COMÚN Abril 2016

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Justicia y Solidaridad

El 22 de abril hemos celebrado, de nuevo, el Día Internacional de la Madre Tierra. Ese mismo día, 150 países, España entre ellos, firmaban en Nueva York el Acuerdo de París (COP21) un paso adelante, aunque insuficiente, en el compromiso de la comunidad internacional para frenar el cambio climático y mitigar sus consecuencias. Sin embargo, un día antes el Observatorio de Energía y Sostenibilidad de la Universidad de Comillas revelaba un retroceso de nuestro país en sostenibilidad energética (http://www.comillas.edu/es/noticias-comillas/8072-espana-retrocede-en-sostenibilidad-energetica).

En nuestra reflexión mensual de este Año de la Misericordia, queremos hacernos conscientes de la necesidad de practicarla también en la relación con la Tierra. La “hermana-madre Tierra” necesita de nuestra misericordia, de nuestra compasión por sus dolores y sufrimientos que son los de sus suelos, sus aguas, su atmósfera contaminados; sus bosques talados y tierras desertificadas; sus criaturas dañadas y sus especies amenazadas. Pero sobre todo, la Tierra clama en sus hijos e hijas que padecen de mil maneras las consecuencias devastadoras de un sistema económico y de un modelo de desarrollo enemigo de la vida en todas sus formas.

Vivir la misericordia con la Tierra, con sus criaturas y con nuestros hermanos/as empobrecidos exige de nosotros/as una auténtica CONVERSIÓN, un profundo cambio en nuestro modo de vivir, irresponsable y derrochador de los recursos del planeta, y un COMPROMISO más firme en la transformación del sistema económico y de la cultura consumista en la que estamos inmersos. A ello nos llama el Papa Francisco en su Encíclica Laudato si´, cuyo mensaje queremos desentrañar en esta reflexión en algunos de sus aspectos. Caminar en la dirección que nos propone es una tarea de largo recorrido que urge emprender ya con pasos y decisiones concretas que cambien nuestros hábitos. Necesitamos cultivar una nueva manera de mirar la realidad y a nosotros mismos en ella, que nos impulse a modificar nuestro modo de vivir.

La mirada creyente a la creación: envuelta y entrelazada por el amor

La creación es manifestación del amor y la ternura de Dios, nos recuerda el Papa. Para la fe cristiana, la creación es, en primer lugar un don, un regalo brotado del amor y la libertad de Dios, que ha querido compartir su sobreabundancia de vida. Ella es, en sí misma, una expresión de su misericordia. “Decir creación es más que decir naturaleza, porque tiene que ver con un proyecto de amor de Dios… La naturaleza suele entenderse como un sistema que se analiza, comprende y gestiona, pero la creación sólo puede ser entendida como un don que surge de la mano abierta del Padre de todos, como una realidad iluminada por el amor que nos convoca a una comunión universal” (LS 76). “Cada criatura tiene una función y ninguna es superflua. Todo el universo material es un lenguaje del amor de Dios. El suelo, el agua, las montañas, todo es caricia de Dios (LS 84).

Francisco, además, nos invita a descubrir que las criaturas son también objeto del amor maternal-paternal de Dios y que cada una, por pequeña que sea, es amada por sí misma (LS 96). “Cada criatura es objeto de la ternura del Padre, que le da un lugar en el mundo. Hasta la vida efímera del ser más insignificante es objeto de su amor y, en esos pocos segundos de existencia, él lo rodea con su cariño” (LS 77).

El proyecto de Dios nos entrelaza con toda la comunidad de la vida.  Hemos de reconocernos como parte de esa red interdependiente que constituyen todas las criaturas: “Todo está relacionado y todos los seres humanos estamos juntos como hermanos y hermanas en una maravillosa peregrinación, entrelazados por el amor que Dios tiene a cada una de sus criaturas y que nos une también, con tierno cariño, al hermano sol, a la hermana luna, al hermano río y a la madre tierra” (LS 92). La interdependencia de las criaturas es querida por Dios…

ninguna criatura se basta a sí misma, no existen sino en dependencia unas de otras, para complementarse y servirse mutuamente (86).

Una relación misericordiosa con la Tierra: contemplación, cuidado, responsabilidad, defensa de la justicia

De este modo de contemplar la creación, brota un modo de relacionarnos con ella que el Papa Francisco va desgranando en distintos lugares de la encíclica.

  • una relación contemplativa, celebrativa y gozosa con la naturaleza. Al descubrirla como un don y como un misterio, la respuesta es el asombro, el agradecimiento y la alabanza (Laudato si´, Alabado seas…). Francisco nos invita a recuperar “la capacidad de admiración que lleva a la profundidad de la vida”, a “vivir todo con serena atención, contemplando en todo al Creador, cuya presencia no debe ser fabricada sino descubierta, desvelada (LS 225).
  • La conciencia de nuestra interconexión con todas las criaturas, de nuestro origen común, nuestra pertenencia mutua y nuestro futuro compartido, nos mueve a considerar, como Francisco de Asís, a todas las criaturas como hermanas: es necesario volver a “hablar el lenguaje de la fraternidad y de la belleza en nuestra relación con el mundo” (LS 11).
  • Experimentar la naturaleza como un don y un misterio, nos lleva también a una actitud de profunda humildad, puesto que no somos sus dueños. Ella nos precede, nos ha dado a luz y permite nuestra vida. “La desaparición de la humildad, en un ser humano desaforadamente entusiasmado con la posibilidad de dominarlo todo sin límite alguno, sólo puede terminar dañando a la sociedad y al ambiente” (LS 224).
  • El reconocimiento del mundo como un don recibido del amor del Padre, moviliza a “un cuidado generoso y lleno de ternura, provoca actitudes de gratitud y gratuidad que se expresa en gestos de generosa renuncia, aunque nadie los vea o los reconozca (220). La fe cristiana considera el valor peculiar del ser humano en la creación (LS 90), pero esta afirmación nunca implica superioridad sino responsabilidad. No somos dueños sino custodios, insiste Francisco. Nuestra tarea es “cuidar” y “labrar” (LS 67).
  • Esta relación de cuidado y responsabilidad se refuerza por el hecho de que la tierra, don de Dios, está dada para todos. En la legislación de Israel, señala Francisco, “era un reconocimiento de que el regalo de la tierra con sus frutos pertenece a todo el pueblo” (LS 57). Hemos de cuidar y administrar bien los bienes de la tierra para que lleguen a todos. Somos responsables de la tierra que habitamos y somos responsables unos de otros.
  • Por eso, el destino universal de los bienes y la justicia, tanto intrageneracional como intergeneracional (LS 159, 162), forman parte de la espiritualidad cristiana de la creación. “… la tierra es esencialmente una herencia común, cuyos frutos deben de beneficiar a todos. Para los creyentes esto se convierte en una cuestión de fidelidad al Creador, porque Dios creó el mundo para todos. Por ello, todo planteo ecológico debe incorporar una perspectiva social, que tengan en cuenta a los más postergados” (93).
  • Para que los bienes de la tierra lleguen a todos, hemos de recuperar en nuestra vida una ascesis, un sentido de la renuncia y de la autolimitación. Esta ascesis, traducida en sobriedad y simplicidad de vida, es en verdad una forma de amor y de servicio a las criaturas y a nuestros hermanos/as. Urge un cambio en nuestros estilos de vida, en nuestros modos de consumir.

Laudato si´ es una interpelación profética que el Papa Francisco nos lanza a los cristianos para vivir la misericordia como esfuerzo amoroso y cotidiano por cuidar la vida y por transformar un sistema que produce muerte. Vivamos la misericordia reflexionando sobre la incidencia de nuestro modo de vivir en la Tierra y en los pueblos empobrecidos, cambiando nuestros hábitos insostenibles y exigiendo a gobiernos y empresas que pongan en marcha políticas y prácticas justas y respetuosas con el medioambiente.

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Un pensamiento en “PRACTICAR LA MISERICORDIA EN EL CUIDADO DE LA CASA COMÚN Abril 2016”

  1. Alicia Maldonado Díaz de León dice:

    Gracias por esta invitación a tomar consciencia de nuestra responsabilidad en el cuidado de la naturaleza de la que formamos parte. Esto implica cambio de hábitos, que no siempre es fácil porque forman parte de una segunda naturaleza y de una forma de pensar, percibir y sentir.Es difícil, pero debo intentarlo en mi vivir cotidiano.

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